Se propone un recorrido a pie por la ciudad de Cuenca. Su centro es escarpado y serpenteante, lleno de recovecos y umbrías, un subeybaja que endurece las piernas y suaviza el ánimo. Encontrarás muchos gatos en el camino, gatos no exactamente callejeros porque en lugar de tener una actitud huidiza y peligrosa, ésta resulta más señorial y chulesca. Si eres capaz, atrévete a quitarles su sitio sobre la piedra soleada y cálida.
Cuenca presume de vivir en un filo de la navaja cultural que es metáfora del filo de la navaja que su situación geográfica conforma: entre el Júcar y el Huécar se levanta un montículo sinuoso con grandes desniveles a cada lado en el que una vez dentro solo resulta posible desplazarse poniendo un pie delante del otro, como el equilibrista sobre el cable. Entre ambas paredes se concentran en poco espacio de terreno lo medieval y lo contemporáneo, lo concreto y lo abstracto, la forma y el concepto. Ese juego de matices entremezclados ha conseguido hacer de Cuenca un lugar muy especial, si ya lo era a nivel macro ahora ha conseguido que el matiz de lo actual se funda con la grandiosidad del pasado, haciendo palpable algo que ya se sospechaba: lo abstracto se entiende mejor dentro de una casa que cuelga en el vacío.
En este entorno se han incrustado alguno de los trabajos de videoarte del norteamericano Bill Viola, artista fuera de modas y de las ataduras de la actualidad, lo que le permite dar un salto en el espacio y el tiempo para acercarse al verdadero artista perdurable. Viola apuesta por la espiritualidad, por el gesto, por la observación, por el detalle, por el tiempo, por la luz y por la naturaleza. Y con esto en realidad está todo dicho. Sus películas, su cine (sí, películas; sí, cine), se recrean en planos fijos a cámara lenta que tienen su propio montaje y ritmo internos. No deja de tener mérito lo anterior ya que vivimos en una época en la que la llamada Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas ha intentado relegar los premios a la fotografía y montaje a los momentos publicitarios, decisión de la que ha tenido que retractarse por el clamor en contra liderado por directores del prestigio y talento de Alfonso Cuarón, el cual declaraba: «el cine puede existir sin actores, sin sonido, sin guión o sin música; pero jamás sin fotografía y sin montaje». Viola conoce el montaje y conoce la fotografía, las respeta y las usa, también las sublima.
El recorrido comienza bajo los arcos de la Plaza Mayor, mirando de reojo a la Catedral y pensando que igual se está mejor en una cafetería tomando un chocolate caliente a esa primera hora de la mañana. Bajando la empinada calle Alfonso VIII se va perdiendo el jaleo propio del centro y poco a poco se comienza a escuchar el silencio, sonido siempre inquietante para el que acaba de llegar de la gran ciudad. Unas escaleritas te introducen en pocos segundos en un mundo donde no se ve el final de las calles porque éstas no están diseñadas de forma lineal. En la visión se cruzan esquinas, más escaleras y desniveles. Se ven más nítidos los límites de la ciudad que la siguiente vuelta de la esquina. Enseguida se llega a la Iglesia desacralizada de San Andrés, utilizada hoy día para resguardar algunas imágenes de la bellísima Semana Santa de Cuenca. Al final de la nave central, en lo que fue el altar mayor, cuelga una impresionante pantalla de alta definición, aunque lo primero que capta la atención es el sonido: acuático. La imagen se compone de un plano fijo en bucle al que es imposible encontrarle el principio y el fin, un personaje masculino y desnudo emerge y se sumerge a cámara lenta. Cada vez que su cabeza sale del agua se produce un cierto estruendo entre la bocanada de aire desesperada y algo que se dice. Su mirada es tensa, confusa y sorprendida, entre el que algo sabe y el que le queda todo por saber. Es el mensajero. Cuando el personaje se sumerge se funde con el agua en un solo fluido único y primigenio, al emerger poco a poco la figura se vuelve a componer, entre burbujas de aire. Es el inicio de la vida: agua y aire. El mensaje incomprensible parece de advertencia: la vida no va a resultar fácil.

Tengo que volver sobre mis propios pasos para acudir al siguiente punto de encuentro, la Iglesia de San Miguel. En una hora más avanzada y templada de la mañana el bullicio callejero es mayor, lo cual crea una extraña sensación después de la experiencia vivida: entre la molestia por la pérdida de concentración y el alivio por salir del bucle sin fin para volver a la vida real. La Iglesia está abalconada hacia el Júcar, hacia el oeste, por lo que el sol todavía no vertical genera sombras y ciertos remolinos de aire frío que vienen de abajo a arriba, rebotan en las esquinas de la calles y se cuelan por cualquier recoveco de la ropa. Este lugar es conocido por la celebración de conciertos en su interior y ciertamente su acústica resulta limpia y a la vez reberberante. En este caso es el lugar escogido para homenajear a los cuatro elementos de la naturaleza: agua, fuego, tierra y aire. La primera instalación se encuentra en la nave central, es la más espectacular, un personaje de espalda a cámara se enfrenta a una hoguera gigantesca. Va vestido con hábito de monje, la capucha sobre la cabeza, y aunque carecemos de pruebas definitivas parece tratarse de una mujer. Un suave movimiento de cámara hace ver que el personaje se encuentra entre el fuego y el agua. En un momento determinado se deja caer hacia atrás y se sumerge en el charco protector, perdiéndose. El fuego y el agua se funden en un todo, venciendo el agua.

Como contraste con la imagen anterior nos encontramos a continuación con la fuerza del agua. El elemento sirve como imán que no sumerge sino que eleva el alma humana mediante un poder de atracción que sólo los poderes creadores son capaces de desplegar. Agua eres y en agua te convertirás. La experiencia sonora es la más perturbadora de todo el conjunto.

En una de las naves laterales encontramos una variación respecto a las anteriores instalaciones: la imagen está libre de elementos naturales, se trata de una composición pictórica iluminada al estilo de un cuadro renacentista: bien definida en bordes y algo fría. Vemos a dos mujeres sentadas a ambos lados de lo que parece un altar de piedra, o un sepulcro blanco. Una de ellas de edad avanzada sin ser anciana, la otra joven, no se comunican entre ellas y parecen encontrarse en estado de vela o de espera. Del interior del sepulcro comienza a surgir una figura masculina, blanquecina y mortecina, haciendo que las mujeres reaccionen de manera jubilosa. En nuestra mente se compone la referencia cultural más a mano: son Jesús, María y María Magdalena. Las mujeres recogen un cuerpo que en principio tiene vida (Resurrección) pero que se va desplomando y perdiendo fuerza. Las mujeres van cambiando su expresión y actitud hacia la tristeza y la compasión (Piedad). El cuerpo es tratado con máxima delicadeza envolviéndolo en una suave sábana que oscila al ritmo de una brisa que resulta algo irreal en ese contexto. Se trata de una aproximación a la riqueza del gesto humano, a la expresividad del detalle y a la fuerza de la comunicación no verbal.

Mientras se observa la escena anterior resulta difícil no mirar de reojo la siguiente ya que no hay barreras que las separen. En lo que pudo haber sido una pequeña capilla u oratorio se encuentran cuatro escenas de formato mucho menor que las anteriores, de izquierda a derecha: hombre-tierra, mujer-aire, hombre-fuego, hombre-agua. En cada una de ellas se libra una batalla del ser humano contra los elementos, batalla perdida de antemano en un camino de sufrimiento durante el que poco podemos hacer. Los personajes se mantienen estáticos e inexpresivos ante una avalancha natural que, si bien aprieta, no ahoga. Se trata de una tortura infinita o de un perdón eterno, es nuestro pecado original.

La experiencia va calando y aunque no abruma sí que tiene la fuerza sensorial de lo que va haciendo mella en la atención y la reflexión. La sensación es la de necesitar un respiro para seguir: una comida y una siesta. Hay que vencer la ansiedad de abarcarlo todo en el menor tiempo posible (nuevamente la ansiedad capitalina) y dejar que las cosas se vayan situando por sí solas en el transcurso del largo día. Toca pensar en la importancia del entorno, en lo que supone salir de los cada vez más masificados e insoportables museos para convertir el arte en una experiencia más natural y excitante, más cerca del encuentro casual que del trabajo planificado. Cuando vuelvo a la calle la tarde parece haber apaciguado a los visitantes. La buena comida, el vino y la conversación de sobremesa sirven de relajante, el placentero cansancio del ocio comienza a hacer de las suyas. De repente, apetece mucho continuar y volver a perderse entre piedras y pantallas de alta definición.

Las siguiente parada se encuentra en un especie de palacete, hoy Escuela de Arte. En una misma estancia cuadrangular se exponen cuatro obras una por pared. En la de mayor tamaño la escena presenta a dos mujeres embarazadas que conversan en la calle, vestidas de llamativos colores y en una ciudad-decorado en la que no se encuentran solas, ya que en lejano segundo plano se producen otros encuentros entre otros personajes que sólo se identifican por sus siluetas. Esa sensación de perspectiva añade un ligero elemento de desubicación y de atemporalidad. Una tercera mujer se incorpora al grupo, también está embarazada. Una de las dos primeras la conoce pero la otra no, las conocidas se susurran algo al oído. El gesto de las que ya se conocen es de alegría sincera por el encuentro pero nuestra mirada se concentra en la tercera ya que su expresión es confusa para el espectador: no le ha gustado la nueva incorporación. Pero, ¿por qué? En tiempo real esta escena dura solamente 45 segundos pero en el formato de Viola se extiende a más de 10 minutos, estirando el tiempo hasta límites cuánticos. La sala obliga a cruzarse con otros visitantes, con sus miradas, por lo que se puede percibir la pérdida de paciencia por parte de algunos debido a que el nivel de exigencia va en aumento. En la pared izquierda encontramos una pantalla vertical de formato pequeño donde se puede ver cómo una fila de personas va avanzando hacia nosotros hasta que consiguen llegar al punto más cercano al espectador, en primer plano, en ese momento se detienen, miran y vuelven atrás. Observan algo que está junto a nosotros, un poco más abajo, a la altura de nuestras piernas. Por las reacciones parece un velatorio: una fila de personas que parecen acercarse a un cuerpo para despedirlo celebrando esa extraña costumbre, hoy día más anglosajona que mediterránea, de velar un maquillado cadáver inerte. Las personas expresan dolor en un bucle infinito: diferentes géneros, razas, credos y edades, en una alegoría sobre la igualdad ante la insignificancia humana.

Parece que va entrando más gente en la sala en la que me encuentro, la que ya había no para de moverse cambiando de punto de vista, empiezo a tener una sensación de incomodidad. Girando 180º sobre mi mismo, frente al velatorio encuentro una escena de cuatro hombres que más que observar se encuentran en una actitud de espera, sus miradas coinciden sólo eventualmente en algún punto común. Están muy juntos, tocándose, alguno se apoya en otro. Algo sucede y se vuelve a desencadenar una especie de terremoto gestual que en este caso es más indeterminado que en el anterior, el grupo explota a cámara superlenta. Una mezcla de estupor, espanto, tristeza, tensión, ausencia. Cuesta observar la escena hasta el final. La veo hasta el final. La última de las obras, en la cuarta pared, está menos concurrida lo cual es un alivio. Se trata de cuatro manos pertenecientes a personas diferentes realizando movimientos expresivos, en blanco y negro, algo así como un homenaje a Bresson y una moraleja que cuadra el cuadrado: el gesto humano puede llegar alcanzar tal nivel de intensidad que abruma por exceso de información e intensidad. Antes de irme observo la sala y compruebo que no está tan llena como creía, he debido perderme entre lo que sucedía dentro y fuera de las pantallas.

Un buen paseo hasta el Museo de Arte Abstracto resulta apaciguador y relajante. La tarde empieza a caer y algo de fresco se vuelve a levantar de nuevo pero es más seco que el de la primera hora. El color de la ciudad va cambiando desde la paleta escarchada de la mañana, pasando por el brillo casi cegador del mediodía, para desembocar en esa hora de la luz y de las musas, la de los maestros de la pintura y de la fotografía. Es el momento perfecto para terminar el recorrido en ese Museo soñado y sueño del pintor filipino Fernando Zóbel, donde se exponen sus paralizantes obras difuminadas y donde la Brigitte Bardot de Antonio Saura nos observa al pasear por sus salas, amenazante devoradora. Aquí las instalaciones de Bill Viola tienen un formato menor, más adecuado al lugar. Por comparación con las lujosas instalaciones anteriores resulta chocante un vídeo casi artesanal de su primera época que ya hace vislumbrar la vocación del artista por la naturaleza y por el tiempo. Un nadador se encuentra en el borde de una piscina y al saltar desaparece. A partir de ahí las sombras, los reflejos y los movimientos de los árboles crean una atmósfera irreal y mágica en el sentido bucólico. Perdiéndonos en el Museo nos encontramos con dos obras expuestas una al lado de la otra en las que una mujer joven y una niña duermen plácidamente sumergidas en un río casi transparente. El suave movimiento del agua crea dispersiones en los rostros, los cabellos y en la ropa, lo que incrementa si cabe la belleza de estas dos figuras que parecen salidas de un poema de Poe, entre la vida y la muerte. El agua hace en este caso de cámara lenta natural y de manipuladora del tiempo y del espacio. A diferencia de la tensión de las anteriores obras estas dos suponen una visión mucho más amigable de la naturaleza como elemento complementario e inseparable del ser humano.

Para terminar, otro dúo pero en las antípodas del anterior: un hombre y una mujer encerrados entre los cuatro bordes de la pantalla en dos escenas terroríficas donde parecen intuirse sin encontrarse. Como en una pesadilla de David Lynch la escena evoca incomunicación en tonos oro y plata. El dolor parece inenarrable.

Las estaciones de tren a las afueras de las ciudades tienen algo de decimonónico. Apeaderos artificiales en mitad de la nada donde las personas se pasean mientras esperan, acarreando sus maletas rodantes con pequeños problemas y grandes sueños mientras los trabajadores los observan con aburrimiento y curiosidad, dos estados en principio antagónicos. En alguno de aquellos cruces de caminos el genio del blues Robert Johnson vendió su alma al diablo, así dice la leyenda. No sé por qué a mi cabeza viene aquel encuentro imaginario e imagino uno propio con otro diablo. Mientras pienso en el precio que pondría a mi alma un gato de pelo rojizo me mira fijamente y justo un momento después cierra los ojos.




















