La piedra y la pantalla

Se propone un recorrido a pie por la ciudad de Cuenca. Su centro es escarpado y serpenteante, lleno de recovecos y umbrías, un subeybaja que endurece las piernas y suaviza el ánimo. Encontrarás muchos gatos en el camino, gatos no exactamente callejeros porque en lugar de tener una actitud huidiza y peligrosa, ésta resulta más señorial y chulesca. Si eres capaz, atrévete a quitarles su sitio sobre la piedra soleada y cálida.

Cuenca presume de vivir en un filo de la navaja cultural que es metáfora del filo de la navaja que su situación geográfica conforma: entre el Júcar y el Huécar se levanta un montículo sinuoso con grandes desniveles a cada lado en el que una vez dentro solo resulta posible desplazarse poniendo un pie delante del otro, como el equilibrista sobre el cable. Entre ambas paredes se concentran en poco espacio de terreno lo medieval y lo contemporáneo, lo concreto y lo abstracto, la forma y el concepto. Ese juego de matices entremezclados ha conseguido hacer de Cuenca un lugar muy especial, si ya lo era a nivel macro ahora ha conseguido que el matiz de lo actual se funda con la grandiosidad del pasado, haciendo palpable algo que ya se sospechaba: lo abstracto se entiende mejor dentro de una casa que cuelga en el vacío.

En este entorno se han incrustado alguno de los trabajos de videoarte del norteamericano Bill Viola, artista fuera de modas y de las ataduras de la actualidad, lo que le permite dar un salto en el espacio y el tiempo para acercarse al verdadero artista perdurable. Viola apuesta por la espiritualidad, por el gesto, por la observación, por el detalle, por el tiempo, por la luz y por la naturaleza. Y con esto en realidad está todo dicho. Sus películas, su cine (sí, películas; sí, cine), se recrean en planos fijos a cámara lenta que tienen su propio montaje y ritmo internos. No deja de tener mérito lo anterior ya que vivimos en una época en la que la llamada Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas ha intentado relegar los premios a la fotografía y montaje a los momentos publicitarios, decisión de la que ha tenido que retractarse por el clamor en contra liderado por directores del prestigio y talento de Alfonso Cuarón, el cual declaraba: «el cine puede existir sin actores, sin sonido, sin guión o sin música; pero jamás sin fotografía y sin montaje». Viola conoce el montaje y conoce la fotografía, las respeta y las usa, también las sublima.

El recorrido comienza bajo los arcos de la Plaza Mayor, mirando de reojo a la Catedral y pensando que igual se está mejor en una cafetería tomando un chocolate caliente a esa primera hora de la mañana. Bajando la empinada calle Alfonso VIII se va perdiendo el jaleo propio del centro y poco a poco se comienza a escuchar el silencio, sonido siempre inquietante para el que acaba de llegar de la gran ciudad. Unas escaleritas te introducen en pocos segundos en un mundo donde no se ve el final de las calles porque éstas no están diseñadas de forma lineal. En la visión se cruzan esquinas, más escaleras y desniveles. Se ven más nítidos los límites de la ciudad que la siguiente vuelta de la esquina. Enseguida se llega a la Iglesia desacralizada de San Andrés, utilizada hoy día para resguardar algunas imágenes de la bellísima Semana Santa de Cuenca. Al final de la nave central, en lo que fue el altar mayor, cuelga una impresionante pantalla de alta definición, aunque lo primero que capta la atención es el sonido: acuático. La imagen se compone de un plano fijo en bucle al que es imposible encontrarle el principio y el fin, un personaje masculino y desnudo emerge y se sumerge a cámara lenta. Cada vez que su cabeza sale del agua se produce un cierto estruendo entre la bocanada de aire desesperada y algo que se dice. Su mirada es tensa, confusa y sorprendida, entre el que algo sabe y el que le queda todo por saber. Es el mensajero. Cuando el personaje se sumerge se funde con el agua en un solo fluido único y primigenio, al emerger poco a poco la figura se vuelve a componer, entre burbujas de aire. Es el inicio de la vida: agua y aire. El mensaje incomprensible parece de advertencia: la vida no va a resultar fácil.

Tengo que volver sobre mis propios pasos para acudir al siguiente punto de encuentro, la Iglesia de San Miguel. En una hora más avanzada y templada de la mañana el bullicio callejero es mayor, lo cual crea una extraña sensación después de la experiencia vivida: entre la molestia por la pérdida de concentración y el alivio por salir del bucle sin fin para volver a la vida real. La Iglesia está abalconada hacia el Júcar, hacia el oeste, por lo que el sol todavía no vertical genera sombras y ciertos remolinos de aire frío que vienen de abajo a arriba, rebotan en las esquinas de la calles y se cuelan por cualquier recoveco de la ropa. Este lugar es conocido por la celebración de conciertos en su interior y ciertamente su acústica resulta limpia y a la vez reberberante. En este caso es el lugar escogido para homenajear a los cuatro elementos de la naturaleza: agua, fuego, tierra y aire. La primera instalación se encuentra en la nave central, es la más espectacular, un personaje de espalda a cámara se enfrenta a una hoguera gigantesca. Va vestido con hábito de monje, la capucha sobre la cabeza, y aunque carecemos de pruebas definitivas parece tratarse de una mujer. Un suave movimiento de cámara hace ver que el personaje se encuentra entre el fuego y el agua. En un momento determinado se deja caer hacia atrás y se sumerge en el charco protector, perdiéndose. El fuego y el agua se funden en un todo, venciendo el agua.

Como contraste con la imagen anterior nos encontramos a continuación con la fuerza del agua. El elemento sirve como imán que no sumerge sino que eleva el alma humana mediante un poder de atracción que sólo los poderes creadores son capaces de desplegar. Agua eres y en agua te convertirás. La experiencia sonora es la más perturbadora de todo el conjunto.

En una de las naves laterales encontramos una variación respecto a las anteriores instalaciones: la imagen está libre de elementos naturales, se trata de una composición pictórica iluminada al estilo de un cuadro renacentista: bien definida en bordes y algo fría. Vemos a dos mujeres sentadas a ambos lados de lo que parece un altar de piedra, o un sepulcro blanco. Una de ellas de edad avanzada sin ser anciana, la otra joven, no se comunican entre ellas y parecen encontrarse en estado de vela o de espera. Del interior del sepulcro comienza a surgir una figura masculina, blanquecina y mortecina, haciendo que las mujeres reaccionen de manera jubilosa. En nuestra mente se compone la referencia cultural más a mano: son Jesús, María y María Magdalena. Las mujeres recogen un cuerpo que en principio tiene vida (Resurrección) pero que se va desplomando y perdiendo fuerza. Las mujeres van cambiando su expresión y actitud hacia la tristeza y la compasión (Piedad). El cuerpo es tratado con máxima delicadeza envolviéndolo en una suave sábana que oscila al ritmo de una brisa que resulta algo irreal en ese contexto. Se trata de una aproximación a la riqueza del gesto humano, a la expresividad del detalle y a la fuerza de la comunicación no verbal. 

Mientras se observa la escena anterior resulta difícil no mirar de reojo la siguiente ya que no hay barreras que las separen. En lo que pudo haber sido una pequeña capilla u oratorio se encuentran cuatro escenas de formato mucho menor que las anteriores, de izquierda a derecha: hombre-tierra, mujer-aire, hombre-fuego, hombre-agua. En cada una de ellas se libra una batalla del ser humano contra los elementos, batalla perdida de antemano en un camino de sufrimiento durante el que poco podemos hacer. Los personajes se mantienen estáticos e inexpresivos ante una avalancha natural que, si bien aprieta, no ahoga. Se trata de una tortura infinita o de un perdón eterno, es nuestro pecado original.

La experiencia va calando y aunque no abruma sí que tiene la fuerza sensorial de lo que va haciendo mella en la atención y la reflexión. La sensación es la de necesitar un respiro para seguir: una comida y una siesta. Hay que vencer la ansiedad de abarcarlo todo en el menor tiempo posible (nuevamente la ansiedad capitalina) y dejar que las cosas se vayan situando por sí solas en el transcurso del largo día. Toca pensar en la importancia del entorno, en lo que supone salir de los cada vez más masificados e insoportables museos para convertir el arte en una experiencia más natural y excitante, más cerca del encuentro casual que del trabajo planificado. Cuando vuelvo a la calle la tarde parece haber apaciguado a los visitantes. La buena comida, el vino y la conversación de sobremesa sirven de relajante, el placentero cansancio del ocio comienza a hacer de las suyas. De repente, apetece mucho continuar y volver a perderse entre piedras y pantallas de alta definición.

Las siguiente parada se encuentra en un especie de palacete, hoy Escuela de Arte. En una misma estancia cuadrangular se exponen cuatro obras una por pared. En la de mayor tamaño la escena presenta a dos mujeres embarazadas que conversan en la calle, vestidas de llamativos colores y en una ciudad-decorado en la que no se encuentran solas, ya que en lejano segundo plano se producen otros encuentros entre otros personajes que sólo se identifican por sus siluetas. Esa sensación de perspectiva añade un ligero elemento de desubicación y de atemporalidad. Una tercera mujer se incorpora al grupo, también está embarazada. Una de las dos primeras la conoce pero la otra no, las conocidas se susurran algo al oído. El gesto de las que ya se conocen es de alegría sincera por el encuentro pero nuestra mirada se concentra en la tercera ya que su expresión es confusa para el espectador: no le ha gustado la nueva incorporación. Pero, ¿por qué? En tiempo real esta escena dura solamente 45 segundos pero en el formato de Viola se extiende a más de 10 minutos, estirando el tiempo hasta límites cuánticos. La sala obliga a cruzarse con otros visitantes, con sus miradas, por lo que se puede percibir la pérdida de paciencia por parte de algunos debido a que el nivel de exigencia va en aumento. En la pared izquierda encontramos una pantalla vertical de formato pequeño donde se puede ver cómo una fila de personas va avanzando hacia nosotros hasta que consiguen llegar al punto más cercano al espectador, en primer plano, en ese momento se detienen, miran y vuelven atrás. Observan algo que está junto a nosotros, un poco más abajo, a la altura de nuestras piernas. Por las reacciones parece un velatorio: una fila de personas que parecen acercarse a un cuerpo para despedirlo celebrando esa extraña costumbre, hoy día más anglosajona que mediterránea, de velar un maquillado cadáver inerte. Las personas expresan dolor en un bucle infinito: diferentes géneros, razas, credos y edades, en una alegoría sobre la igualdad ante la insignificancia humana. 

Parece que va entrando más gente en la sala en la que me encuentro, la que ya había no para de moverse cambiando de punto de vista, empiezo a tener una sensación de incomodidad. Girando 180º sobre mi mismo, frente al velatorio encuentro una escena de cuatro hombres que más que observar se encuentran en una actitud de espera, sus miradas coinciden sólo eventualmente en algún punto común. Están muy juntos, tocándose, alguno se apoya en otro. Algo sucede y se vuelve a desencadenar una especie de terremoto gestual que en este caso es más indeterminado que en el anterior, el grupo explota a cámara superlenta. Una mezcla de estupor, espanto, tristeza, tensión, ausencia. Cuesta observar la escena hasta el final. La veo hasta el final. La última de las obras, en la cuarta pared, está menos concurrida lo cual es un alivio. Se trata de cuatro manos pertenecientes a personas diferentes realizando movimientos expresivos, en blanco y negro, algo así como un homenaje a Bresson y una moraleja que cuadra el cuadrado: el gesto humano puede llegar alcanzar tal nivel de intensidad que abruma por exceso de información e intensidad. Antes de irme observo la sala y compruebo que no está tan llena como creía, he debido perderme entre lo que sucedía dentro y fuera de las pantallas.

Un buen paseo hasta el Museo de Arte Abstracto resulta apaciguador y relajante. La tarde empieza a caer y algo de fresco se vuelve a levantar de nuevo pero es más seco que el de la primera hora. El color de la ciudad va cambiando desde la paleta escarchada de la mañana, pasando por el brillo casi cegador del mediodía, para desembocar en esa hora de la luz y de las musas, la de los maestros de la pintura y de la fotografía. Es el momento perfecto para terminar el recorrido en ese Museo soñado y sueño del pintor filipino Fernando Zóbel, donde se exponen sus paralizantes obras difuminadas y donde la Brigitte Bardot de Antonio Saura nos observa al pasear por sus salas, amenazante devoradora. Aquí las instalaciones de Bill Viola tienen un formato menor, más adecuado al lugar. Por comparación con las lujosas instalaciones anteriores resulta chocante un vídeo casi artesanal de su primera época que ya hace vislumbrar la vocación del artista por la naturaleza y por el tiempo. Un nadador se encuentra en el borde de una piscina y al saltar desaparece. A partir de ahí las sombras, los reflejos y los movimientos de los árboles crean una atmósfera irreal y mágica en el sentido bucólico. Perdiéndonos en el Museo nos encontramos con dos obras expuestas una al lado de la otra en las que una mujer joven y una niña duermen plácidamente sumergidas en un río casi transparente. El suave movimiento del agua crea dispersiones en los rostros, los cabellos y en la ropa, lo que incrementa si cabe la belleza de estas dos figuras que parecen salidas de un poema de Poe, entre la vida y la muerte. El agua hace en este caso de cámara lenta natural y de manipuladora del tiempo y del espacio. A diferencia de la tensión de las anteriores obras estas dos suponen una visión mucho más amigable de la naturaleza como elemento complementario e inseparable del ser humano.

Para terminar, otro dúo pero en las antípodas del anterior: un hombre y una mujer encerrados entre los cuatro bordes de la pantalla en dos escenas terroríficas donde parecen intuirse sin encontrarse. Como en una pesadilla de David Lynch la escena evoca incomunicación en tonos oro y plata. El dolor parece inenarrable.

Las estaciones de tren a las afueras de las ciudades tienen algo de decimonónico. Apeaderos artificiales en mitad de la nada donde las personas se pasean mientras esperan, acarreando sus maletas rodantes con pequeños problemas y grandes sueños mientras los trabajadores los observan con aburrimiento y curiosidad, dos estados en principio antagónicos. En alguno de aquellos cruces de caminos el genio del blues Robert Johnson vendió su alma al diablo, así dice la leyenda. No sé por qué a mi cabeza viene aquel encuentro imaginario e imagino uno propio con otro diablo. Mientras pienso en el precio que pondría a mi alma un gato de pelo rojizo me mira fijamente y justo un momento después cierra los ojos. 

Bruce Broadway

Por ahí se dice que Bruce Springsteen dijo una vez que cuando tocaba en directo para decenas de miles de personas él no pensaba en los fans de la primera fila. Tampoco en los de la grada. Sino en los que están al fondo, deambulando entre el bar y los baños, buscando lugares donde el espacio vital fuera amplio. Esos espectadores que consiguen entrada a última hora, normalmente en sustitución de alguien que no puede ir, y por eso acuden un poco a regañadientes. Venga, va, voy. Yo era como uno de esos, lo escuchaba sin más. Me parecía tosco, repetitivo, no me agradaba su voz, su acento, no le entendía nada. Demasiado americano y a la vez demasiado lejos de los gigantes americanos. Sin embargo, de reojo no podía evitar impresionarme por sus directos, era la época en la que los conciertos en estadios dieron el salto hacia la tecnología: Michael Jackson, U2, The Rolling Stones. Mientras otros hacían giras cada vez más sofisticadas Springsteen y su banda se resistían a ese salto que parecía casi obligatorio. Ellos seguían con lo de siempre: un escenario diáfano, iluminación sencilla y sonido un poco apelmazado, como un bloque. Con su público se celebraba una comunión más amistosa que religiosa, en sus fans se percibía más cariño que reverencia o admiración. A pesar de no ser seguidor, lo admiraba y sí que había una canción que rondaba a menudo en mi cabeza: Thunder road.

Años más tarde escuché una versión acústica de The ghost of Tom Joad y me caí del caballo. La escuché una y otra vez: Tom Joad, La uvas de la ira, la gran depresión, John Ford, la tierra prometida, el rostro de Henry Fonda, la imagen de carreteras llenas de gente sin rumbo,…»bienvenidos al nuevo orden mundial». Demasiadas cosas que me interesaban. Todo eso con tan sólo una guitarra, una armónica y, ahora sí, con la que me parecía la voz perfecta. Escuché sus discos, leí sus letras, le otorgué el tiempo que antes no le concedí por andar deslumbrado con las gigantescas pantallas de vídeo de otros. Al fin lo vi en directo en el Bernabéu y de las últimas fila pasé a las primeras. Bruce Springsteen & The E Street Band ya formaban parte de mi mundo.

https://www.youtube.com/watch?v=1ujE0eql_sY

Nuevos salto de varios años, muchos, hasta el otro día. En Netflix ofrecen un concierto de Bruce Springsteen en un pequeño teatro de Broadway. Me informo por ahí y veo que se trata de una especie de monólogo con canciones, o de concierto con muchas y largas intervenciones habladas, básicamente anécdotas extraídas de sus memorias Born to run. Con Springsteen incluso lo pequeño adquiere dimensiones gigantescas y lo que iban a ser un par de meses de conciertos se convirtieron en un curso entero: más de 200 noches en un viejo teatro de escasas mil localidades. Guitarra, armónica, piano y sólo en alguna ocasión la compañía de su esposa y miembro de la banda, Patti Scialfa.

En realidad con Springsteen nunca hay nada nuevo y al mismo tiempo siempre es diferente. Durante el concierto en cuestión muestra todas las caras por las que se le reconoce, en este caso desnuda sus canciones hasta mostrar toda la belleza y también todos los defectos de un cuerpo desnudo. En los monólogos va haciendo un recorrido sobre su vida en un arco emocional que puede ir desde la carcajada hasta un impactante clímax: el tipo duro llora y hace llorar. Bruce Springsteen ha confesado su lucha de años contra la depresión, si ya de por sí se trata de un trastorno difícil de entender cuando el afectado es una estrella del rock que en apariencia lo tiene todo resulta más complicado aún. En sus memorias narra un episodio durante un juerga californiana, cuando teniendo 19 añitos se ganaba la vida por unos cuantos dólares por concierto (con suerte), en la que se le acercó un millonario tejano a confesarle que a pesar de tener todo siempre se había sentido infeliz. Springsteen, por un segundo, vio el futuro. Quizás lo de escribir sus memorias y realizar estos conciertos forme parte de la terapia recetada por un psiquiatra para estrellas del rock, siempre hay algo de egoísmo detrás de tanta generosidad emocional, quién sabe.

Las canciones de Springsteen tienen la fuerza de la imagen más que la de la abstracción o la del concepto. En Thunder Road: «like a vision she dances across the porch as the radio plays». Sólo ese verso contiene algunas de las cosas más importantes de la vida: imaginar, observar, escuchar. Ella baila, la veo, pero al mismo tiempo es una visión, y la radio suena con Roy Orbison cantando para los solitarios…se trata de una obra maestra sobre el paso del tiempo y lo agridulce de la existencia, siempre desde lo pequeño, desde la vida anónima. Springsteen es un humanista que se dirige a las masas.

Ahora leo sus memorias (prefiero las memorias a las biografías), con todas sus mentiras, exageraciones, errores e inexactitudes. Con todos sus pesados agradecimientos e infinidad de datos innecesarios. Pero las memorias tienen la ventaja de que incluso pudiendo ser un montón falsedades el personaje está siempre detrás. Jugar a descubrir la trampa resulta divertido.

Las canciones también son mentiras que buscan la verdad. Thunder Road es una canción-río cuyo caudal sube y baja en un monólogo interior que es un grito hacia el exterior, con un final de corazones rotos que (otra mentira) alguna vez se recuperarán. 

https://www.youtube.com/watch?v=jKIgh-4MiKc

The screen door slams
Mary’s dress waves
Like a vision she dances across the porch
As the radio plays

Roy Orbison singing for the lonely
Hey that’s me and I want you only
Don’t turn me home again
I just can’t face myself alone again

Don’t run back inside
Darling, you know just what I’m here for
So you’re scared and you’re thinking
That maybe we ain’t that young anymore

Show a little faith there’s magic in the night
You ain’t a beauty but hey you’re alright
Oh and that’s alright with me

You can hide ‘neath your covers
And study your pain
Make crosses from your lovers
Throw roses in the rain

Waste your summer praying in vain
For a saviour to rise from these streets

Well now I’m no hero
That’s understood
All the redemption I can offer girl
Is beneath this dirty hood

With a chance to make it good somehow
Hey what else can we do now
Except roll down the window
And let the wind blow back your hair?
Well the night’s busting open
These two lanes will take us anywhere

We got one last chance to make it real
To trade in these wings on some wheels
Climb in back
Heaven’s waiting down on the tracks

Oh-oh come take my hand
We’re riding out tonight to case the promised land
Oh-oh Thunder Road oh Thunder Road oh Thunder Road

Lying out there like a killer in the sun
Hey I know it’s late we can make it if we run
Oh Thunder Road sit tight take hold
Thunder Road

Well I got this guitar
And I learned how to make it talk
And my car’s out back
If you’re ready to take that long walk

From your front porch to my front seat
The door’s open but the ride ain’t free
And I know you’re lonely
For words that I ain’t spoken
But tonight we’ll be free
All the promises’ll be broken

There were ghosts in the eyes
Of all the boys you sent away
They haunt this dusty beach road
In the skeleton frames of burned-out Chevrolets

They scream your name at night in the street
Your graduation gown lies in rags at their feet
And in the lonely cool before dawn
You hear their engines roaring on
When you get to the porch they’re gone
On the wind

So Mary climb in
It’s a town full of losers
And I’m pulling out of here to win

Silvio, Dick y los demás

Silvio Berlusconi y Dick Cheney son dos personajes contemporáneos que tienen algunas cosas en común: política, poder y dinero; inicios más o menos esforzados de vocación dispersa; mujeres fuertes a las que deben demostrar algo; asesinato del padre-maestro; si algo no se adecua a sus intereses lo crean o lo inventan; y los dos son de derechas, hoy día de extrema derecha (si fueran de izquierdas serían de extrema izquierda). Il Cavalliere y el Halcón.

Paolo Sorrentino y Adam McKay también son dos personajes contemporáneos con algunas cosas en común: escriben y dirigen películas, a las que imprimen una visión muy personal y, sobre todo, les gusta jugar. Se puede decir jugar como se podría decir manipular. Sorrentino y McKay forman parte de ese privilegiado y no muy numeroso grupo de artistas a los que se ama o se odia, aquellos que logran que la combinación estilo-mensaje impacten en cualquier espectador de tal manera que resulte difícil mantenerse al margen. Aquí tenemos otro punto en común: involucran, envuelven, se sale del cine como despedido del asiento de un avión de combate recién alcanzado.

Silvio (Paolo Sorrentino, 2017) comienza informando de que lo que veremos se puede considerar hechos reales o no, Vice (Adam McKay) comienza asegurando que se trata de hechos reales. Al estar tan acostumbrados a ese tipo de mensajes hemos dejado de darles importancia y, sin embargo, la tiene y mucha, ya que la distancia a la que nos situamos y la actitud crítica no tienen nada que ver. Mientras en la primera película hay espacios para la reflexión en la segunda no: los acontecimientos se presentan de manera tan frenética que literalmente es imposible pensar. Detrás de cada hecho destacable McKay refuerza el mensaje con un gesto, una imagen de archivo o una sentencia escritas con letreros de neón, que tienen la ventaja de ayudar a entender lo que sucede en medio de tal maremágnum de datos (lo que supone una mejora respecto a la película que le dio a conocer de manera masiva, La gran estafa, que resultaba a duras penas comprensible sin estar en posesión de varios masters financieros). McKay emplea algo parecido a tuits visuales: la historia no se van desarrollando y explicando desmadejando hilos en su complejidad global sino mediante cortos y punzantes mensajes conectados uno tras otro. Por esa agilidad narrativa se le compara con frecuencia con Scorsese, sin embargo en MacKay no hay planos-secuencia, recurso que por abuso también se ha banalizado y que tiene la fuerza de mostrar un universo sin cortes, tal y como lo vemos de forma natural. McKay escribe en cortos párrafos con puntos y aparte, en Scorsese hay mayor variedad enlazada.

El retrato resulta demoledor y a la vez muy atractivo, Cheney se define como un perfecto superviviente en una carrera de fondo que deja millares de cadáveres en el camino, reales y figurados. Si yo fuera Cheney a mi NO me habría incomodado esta película.

Puede que parte de lo anterior se pueda explicar desde el punto de vista cultural: Sorrentino es italiano, latino, cuando expone a un personaje tan reconocido como repulsivo, pintándolo con un cierto perfil sentimental y melancólico, realmente no está haciendo nada que no pertenezca a su (nuestra) cultura. Mientras Cheney sólo mira hacia adelante, Berlusconi mira mucho hacia atrás, manía muy mediterránea. A quien le parezca que el retrato de Berlusconi tiene ramalazos de intento de rescate sólo tiene que ver la demoledora escena con la actriz-modelo. Es cierto que la primera parte resulta algo cansina abusando de las escenas de fiesta a cámara lenta que tan alabadas fueron en La gran belleza, por el contrario la segunda parte está plagada de escenas memorables que van componiendo la figura del protagonista, rotando el prisma en multitud de sentidos.

A Berlusconi se le presentan los fantasmas del pasado en forma de esposa, socios, ayudantes, aduladores o mentores. En el fondo todos ellos somos nosotros, los otros. Si yo fuera Berlusconi a mi SÍ me habría incomodado esta película.

McKay nos presenta un mundo en el que no apetece mucho vivir (si no eres alguien como Cheney, claro), si acaso para reírnos de vez en cuando de nuestra propia desgracia. Sorrentino se detiene en ocasiones para recordarnos que incluso en la cloaca más inmunda podemos encontrar restos de belleza. Para prueba los finales de ambas películas: si McKay remata con un chiste sobre su propia obra, Sorrentino finaliza con una de sus bellísimas escenas marca de la casa.

Como consecuencia de todo lo anterior sólo se me ocurre expresar un deseo final: que cualquier autor a la hora de afrontar una obra más o menos biográfica sea tan valiente, atrevido, provocador, desafiante, excitante, molesto y burlón como lo son Adam McKay y Paolo Sorrentino. El resto es cuestión de gustos y de grosor de piel.

Un islote

Un grupo de amigos de clase alta toman un barco para hacer una excursión hacia un archipiélago de islotes cercanos a la costa de Sicilia. Durante los preparativos y la travesía se comienzan a desmadejar lentamente las diferentes capas de las relaciones entre los personajes, una calma chicha como balsa de aceite que preludia un silencioso estallido.

Uno de los personajes desaparece casi por arte de magia: estaba aquí ahora mismo y resulta que ya no está. Los compañeros de excursión se despliegan sobre el gran pedrusco. Sólo con la compañía de la relajante y también machacona brisa marina, de unas nubes que parece que aplastan poco a poco y rodeados de agua, el islote se torna de paraíso a cárcel: siempre tiene fin en un acantilado o una playa rocosa.

Los personajes dispersos en el mínimo y a la vez gigantesco islote como peones en un tablero de ajedrez y guiados por un espíritu manipulador que los sitúa en la soledad de un primer plano.

En encuentros más o menos fortuitos.

En planos generales salpicados aquí y allí por pequeñas y frágiles figuras.

Si el objetivo inicial es encontrar a otra persona el día se va tornando en una búsqueda interior que irremediablemente los enfrenta a sí mismos.

El paisaje pedregoso, yermo, volcánico y peligroso va calando en las almas de una serie de seres superficiales solo acostumbrados a enfrentarse a dilemas superficiales. Un día en la isla los rompe como rompen las olas: la belleza destructora.

La película no acaba aquí y la búsqueda continúa en la isla principal. El espíritu manipulador sigue haciendo de las suyas para fijar lo ya predefinido en el islote. Los personajes se reagrupan y se dispersan para desembocar torrencialmente en un hermoso y devastador
final de redención, desde donde, a lo lejos, quizás se vuelve a vislumbrar el islote.

Ya tenía Michelangelo Antonioni (1912-2007) un buen bagaje de películas cuando rodó en Sicilia La aventura (1960). La combinación de experiencia, madurez y talento explotó durante este periodo creativo al que se etiquetó con el nombre de trilogía de la incomunicación, que se completa con La noche (1961) y El eclipse (1962). Como sucede con cualquier etiqueta, el nombre de la trilogía no llega a describir el alcance y la complejidad de los temas que se tratan en estas tres obras maestras plenas de paisajes físicos y espirituales, enormes y desolados.

«Cuánto tiempo he perdido ahí afuera,
cuanto por descubrir en mi cabeza.
Es tan vasto
que da casi pereza.
Casi pienso que no tengo fuerzas
para hacerlo
y encontrar dentro de mí
algo nuevo. »

J. Ramón Rodríguez Cervilla.

En defensa de una mente interactiva

Dejando de lado lo que me pueda parecer el muy comentado nuevo episodio de Black Mirror, llamado Bandersnatch (es soso, insustancial, aburrido, un poco cutre y lo peor es que desprende un tufillo de globo sonda comercial que echa para atrás), sí que diré una cosa: me ha hecho pensar en algunas cosas.

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Como con casi todo lo que surge de las nuevas plataformas audiovisuales no podemos acertar qué es lo que va a suceder a continuación debido a que la mayoría de ellas se rigen por un principio tan simple de entender como complicado de implementar: dar al público lo que quiere. Conozco a una persona que se dedica a este tipo de marketing avanzado y, en concreto, a la tarea de posicionar marcas en el campo de visión (cereales de marca X encima de la mesa) o en el espectro auditivo (personaje que menciona marcas por su boquita como si nada) del espectador. Cuando le preguntaba por cómo se hacen actualmente estas cosas y sobre todo por cómo se van a hacer en el futuro ella me respondió: «no lo sé». Es decir, están aprendiendo cada día.

¿Bandersnatch  pronostica un futuro de multitud de películas con argumentos interactivos? Si tiene el interés y calidad de la anterior lo dudo mucho, y si revisamos recientes (y no tan recientes) innovaciones relacionadas con la forma de consumir lo audiovisual encontramos su cal y su arena. Un par de ejemplos: el 3D nunca se queda y mira que se ha intentado veces (mi TV trae unas gafas 3D que he habré usado….3Días). En el otro lado, por ejemplo, la idea de poner a disposición todos los episodios de una temporada de una sola vez ha tenido una aceptación total, ¿quién quiere hoy día esperar un día o una semana al siguiente episodio? Big data, analytics, inteligencia artificial, todas estas tecnologías están cambiando el mundo porque facilitan el análisis y así la toma de decisiones rápidas y confiables. Si hasta ahora nos agrupaban en rediles para conocer nuestro comportamiento y a partir de ahí intentar manipular o influir en dichos comportamientos, hoy día la capilaridad que permiten las nuevas tecnologías hacen que se pueda alcanzar hasta el nivel de análisis del comportamiento individual, ¿para también modificarlo? Resulta inquietante y excitante tan sólo pensarlo…

Pero todo lo anterior no es más que el contexto que quería dar a una reflexión mucho más personal. Para el que no lo sepa, el episodio en cuestión de Black Mirror lo que único que propone es algo ya conocido: que tomes como espectador algunas de las decisiones que debe tomar el protagonista en momentos puntuales (pastilla azul o roja, salir por la puerta de la derecha o de la izquierda, etc.), y de esta forma la historia discurrirá por un derrotero u otro según dicha elección. Nada que ya no existiera en aquellos libros ochenteros (no sé si los siguen editando) o de forma muchísimo más evolucionada en los impresionantes videojuegos de hoy día. Sobre este punto doy por hecho que cualquier «videojuegoaficionado» no aguantaría ni un cuarto de hora ante propuesta tan simple como la de este episodio. Es por eso que aquí se me plantea una duda que atenúa mi mala leche: quizás los creadores del episodio tan sólo querían hacer una conexión referencial y formal entre la época en la que se desarrolla el episodio (los años 80) y la trama (creación de un videojuego). Es posible. Si es así los resultados no han sido muy brillantes, pero sin embargo tiene un intención juguetona que no está del todo mal. Sobre lo que no tengo dudas es que cada una de las decisiones que tomamos durante el visionado del episodio están ahora mismo debidamente registradas en un servidor de Netflix como información que se asocia a nuestro perfil, ya servirán para algo.

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A ver si llego de una vez por todas a lo que quiero decir. Mientras veía el episodio e iba tomando las decisiones tuve la sensación de que en lugar de estar implicándome en la historia lo que estaba sucediendo es que me estaba alejando paso a paso de ella. Tardé más en adoptar las primeras decisiones que las últimas, ya que analizaba más variables y me sentía intrigado. Poco a poco me iba dando igual lo que sucedía allí y conforme se acercaba el final escogía opciones de forma automática e incluso buscando complicar a un protagonista que para colmo no me caía nada bien. ¿Se da el mismo proceso mental en una película «normal»? Para comprobarlo resulta útil pensar en las películas de terror: cuando el niño de marras sale al pasillo después de escuchar un ruido nos preguntamos: «¿pero por qué hace eso? ¡¡quédate en tu habitación, niño!!!». Por lo tanto no hace falta ser muy espabilado para comprobar que ya existe una interactividad mental y una implicación emocional de nivel alto, entonces ¿para qué añadir mandos, botones y menús al tema?

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Sigo sin decir lo que tengo que decir, lo intento una vez más. Está claro que en el cine «normal» hay un autor que nos lleva y que nos trae, un director-dios que habilidosamente construye esos momentos más o menos prolongados donde se nos va a exigir nuestra implicación en mayor o menor medida. Por ejemplo, durante una película de Alfred Hitchcock nuestra mente está dibujando infinitos mapas de decisión al tiempo que la trama discurre, lo cual es una experiencia infinitamente más completa, envolvente y fascinante que la de Bandersnatch (comparaciones en cuanto a calidad y talento mejor no aplicar), incluyendo esa frustración que supone que no suceda lo que queremos que suceda, sino lo que el director quiere que suceda (¿y no es así la vida?). Los giros de guión, a los que se les da tan excesiva y pesada importancia, ocurren en nuestra mente y no en nuestros dedos, son múltiples y no binarios. La experiencia artística nos obliga constantemente a salir de nosotros mismos, a volver a entrar, a salir y entrar una y otra vez, y dudo mucho que el ser humano sea capaz de inventar una experiencia más interactiva que esa. En el caso concreto del cine «normal» vemos a otros realizar acciones con las que nos sentimos más o menos identificados, durante el transcurso de la acción vamos tomando decisiones morales, físicas, emocionales o políticas, por lo que nos estamos viendo a nosotros mismos desde una perspectiva muy sana y liberadora. Ojo, a veces también desde una posición incómoda cuando lo que descubrimos sobre nosotros no nos gusta tanto. El maestro Hitchcock. Y Lang, Buñuel, Leone, Spielberg o von Trier. Todos son grandes manipuladores del tiempo y del espacio capaces de introducirse en nuestras cabecitas para hacerlas funcionar. No hacen falta mandos ni joysticks de última generación porque jamás existirá nada más evolucionado que nuestras maravillosas (y gratuitas) sinapsis neuronales.

Bueno, parece que finalmente yo he conseguido decir algo más o menos con sentido y que tú has llegado al final del escrito. Así que ahora visto lo visto ¿qué harías en tú en mi lugar?

La peor lista del año

Nota previa: poca cosa corresponde a 2018, ni sigue un orden lógico, y para colmo todo tiene multitud de enlaces por lo que resulta casi imposible de leer, es muy incómodo. Que lo disfrute quien pueda. Salud.

Recuerdo bien el principio y recuerdo bien el final.

El año comenzó a la vera de un viñedo en una casa de piedra, con perezoso perro guardián en la puerta. Entraba el sol mañanero por casi todas las ventanas y la luz se arrastraba milímetro a milímetro hasta llegar a la cama donde yo ya la esperaba hacía un buen rato. Desde esa cama pude observar el retrato recién pintado que pronto comenzó a desdibujarse y en esa misma cama vi la primera película del año usando el teléfono móvil. Posteriormente la volví a ver en pantalla grande para exorcizarme. De fondo el runrun continuo sobre el asesino con apodo de payaso de la tele. Salí de la cama haciendo la tortuga.

El invierno resultó muy largo, aplastando a la primavera, apretándole el cuello muy poco a poco hasta ahogarla. Síntomas: temblor de manos, sudor de pies y vacío de cabeza. La primavera quiere hablar pero no puede, no le sale. Un sol con forma de cápsula ansiolítica ayuda, el paso del tiempo le da la patada esperada, necesaria y definitiva. Recuerdo mucho hablado y escrito originalmente en francés: niños buenosniños malos, y niños grandes (Rohmer y Houellebeq, ya incluidos anteriormente como radicales libres). Todos ellos rebeldes y levantiscos contra la figura paterna que fijó las reglas y las esparció para que fueran arrastradas lentamente por la corriente.

Un preverano digitalizado. El cambio cultural, dicen. Quise apuntarme a esa revolución pero surgieron temibles plataformas de formas terroríficas: no creerlo, no sentirlo, miedo al cambio, cambio de miedo. El miedo de siempre. Todo eso se debió quedar tan lejos como lejos está la muralla China, o sea, que por allí se debió quedar. En medio de tanto aparato tecnológico una vuelta a lo analógico: el furioso Víctor Erice. Maestro anacoreta de la imagen y de la palabra a la hora de la siesta estival. Imagen y palabra. Las adaptaciones son confusas, de ahí su interés y su poder de sugestión, así que mejor llamarlas inspiraciones.

Del verano poco puedo recordar. Pero creo que hubo un final feliz, pocos y amargos chapuzones y algún paseo sin rumbo sólo por el gusto de mirar y de no ser mirado. El verano viene bien para volver a repasar aquellas lecciones suspendidas y entender que la letra no entra con sangre, que siempre se puede hacer algo nuevo y que si aún así haces lo de siempre al menos hazlo con la máxima pasión de la que seas capaz.

El otoño resultó inesperadamente castellano con un calendario muy apretado y muchos deberes por hacer. Una oportunidad para meterme en la piel de otros, viviendo un oficio como un juego con mirada un poco boba y actitud muy torpe. Sentir como el mundo sigue girando mientras te introduces dentro de una burbuja desde la que miras y nadie te ve, desde la que te puedes reír de todo o asustarte por lo que se acerca. También escuchar quejas y más quejas incluso en el paraíso, no tenemos arreglo.

Dentro del bucle finito que es la vida el invierno siempre vuelve y para recibirlo me cae un rayo encima que me parte en dos. Como el hombre dentro del barril no alcanzo lo que tengo a mano: drogado, inmovilizado y encerrado. Durante la eterna noche aparecen los propósitos de reinicio y de búsqueda de nuevas perspectivas, qué remedio. La realidad que se escapa como un cabello dorado tan fino como un hilo. Experiencias que con el tiempo dejarán un recuerdo quizás demasiado bueno, esa puñetera costumbre que algunos tenemos por quedarnos con lo bueno, aunque sea una mierda de perro. Planta nº 9, habitación nº 9, cama nº 9.

Así, reposo y rehabilitación interna y externa: las dudas, los amagos, los tropezones, el quiero y no puedo. Ligera y continua mejoría. Llega el momento de fijar objetivos que se agarren a la tierra, mejor si están amarrados a la  piedra que hay debajo. Entre lo legendario y lo estúpido se define el sueño que merece la pena alcanzar, el que se acerca a la tontería. Se realizan viajes en trenes hasta arriba de fardos y mercancías sospechosas que me hacen pensar que Manuel López-VidalSito Miñanco o Jaume no tiene nada que envidiar a cualquier malvado trágico. En definitiva, un año como otro cualquiera sabiendo que el que viene no tendrá nada que ver con los anteriores y al mismo tiempo también será similar. Quien diga que la vida no es aventura es que no la vive o no sabe contarla.

Como decía al principio, recuerdo bien el final. En un teatro mínimo de Broadway se encierra un artista máximo de New Jersey durante casi tres horas para hablar, hablar y hablar; cantar, cantar y cantar; en definitiva para contar historias. A pesar del espacio reducido es imposible no recibir la fuerza expansiva, el poder mesiánico de un profeta que igual arrastra a multitudes hasta sermones en la montaña como llora en la soledad del huerto. Es de los escasos artistas que tiran por tierra esa máxima que dice que toda obra es una mentira, y que hace de la más intrincada complejidad un discurso de la más transparente sencillez. Un aviso para ofendiditos con la escopeta cargada: se atreve a rezar un padrenuestro.

 

Amén.

Cuento de Navidad en el centro comercial

La cita era a las cinco de la tarde en el centro comercial más conocido. De la planta baja me mandaron a la séptima, de la séptima a la tercera, de la tercera nuevamente a la baja, y en la baja me aseguraron que debía ir a la tercera. Sólo me convencí de que el evento sería en la tercera al ver a un grupo no muy numeroso de personas haciendo cola en mitad de la nada, cerca de ellos estaban situando una mesa, una silla y un panel publicitario de esos que sirven para realizar la actividad denominada «photocall». Con tanto subir y bajar ya casi eran las cinco, una chica repartía unas cartulinas numeradas que tenían dos objetivos: ordenar al personal y establecer un límite. También nos entregó un post-it y un bolígrafo para que anotáramos claramente el nombre de la persona a la que iría dedicado el libro. El límite establecía que sólo los veinticinco primeros números tendrían derecho a que su libro no sólo fuera firmado por la autora, sino que además la firma iría acompañada por un dibujo realizado por ella misma in situ. Mi número era el catorce y la autora era la francesa Rebecca Dautremer, ilustradora.

Rebecca llegó a las cinco en punto vestida con un abrigo azul marino y un gorro blanco de invierno. Su cara más bien redonda, tiene grandes ojos azules y cuando se quita el gorro llama la atención que el pelo lo tiene cortado a máquina, como Natalie Portman en V de Vendetta, como Demi Moore en La teniente O’Neill, como aquélla Sinead O’Connor. Dicen que sólo las muy guapas se atreven con algo así. Antes de sentarse a firmar se acercó a la fila para desear buenas tardes y agradecer nuestra asistencia y nuestra espera. Sus movimientos son lentos y elegantes, su volumen de voz es bajo y su sonrisa es cálida. Más bien media sonrisa. Como he indicado anteriormente Rebecca es francesa, y destila esa clase tan especial de la mujeres de aquel país, si se me permite la generalización. Una vez escuché a alguien decir que las francesas son atractivas porque «tienen buenos huesos», es probable que eso sea cierto y que sea una buena forma de definir en pocas palabras algo muy complicado de explicar. Cuando se sentó en la silla me llamaron la atención los grandes, enormes pendientes de aro que llevaba puestos, plateados y muy finos. Muchas veces los observé aquella tarde.

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Los primeros trece números tardaron en ser atendidos casi una hora. Rebecca se detenía en el detalle de cada dibujo y firma que debía realizar. Mis compañeras de cola (clara mayoría femenina) parecían conocerse entre ellas, me dio por pensar que debían ser también ilustradoras, o compañeras de algún curso de ilustración. Una de ellas ya había acudido a la conferencia que Rebecca impartió un par de días antes y a la firma del día anterior, Rebecca la saludó de manera especial precisamente por eso, por habitual. Otra de las compañeras de espera estaba especialmente emocionada, tímida, parecía ocultarse entre los asistentes por no ver de cerca a su admirada. Cuando llegó su turno pareció transformarse y habló con Rebecca un buen rato, en francés, ese idioma que suena tan sugerente cuando se habla casi en susurros, como ellas lo hablaron.

Tuve tiempo también de hojear y ojear los dos libros que llevé para firma (sólo estaba permitido uno, el obligado por el centro comercial más conocido). La experiencia de poder revisar las ilustraciones con la autora de fondo es muy especial: puedes detenerte en alguna de ellas y al mismo observar a la autora para intentar averiguar qué se le pasaría por la cabeza en el momento de dibujarlas, dónde las dibujó, si había alguien alrededor o estaba en soledad, si era de día o de noche. Pensé en preguntarle algo de eso cuando la tuviera delante, luego no me atreví y quizás hice bien porque en ocasiones es preferible mantener ese tipo de misterio, te permite seguir imaginando. Las formas y colores que Rebecca utiliza son suaves y algo difuminados, por lo que personajes principales y secundarios, primeros planos y segundos, parecen fundirse en un todo equilibrado y compacto. Los mundos de Rebecca no tienen fronteras claras. Las miradas de sus personajes son tristes y melancólicas, en ocasiones turbias. Mientras pensaba en esto último eché un vistazo a Rebecca, su mirada es parecida. En su último libro hay una advertencia de la propia autora: «Si eres un niño o una niña, es posible que algunas partes te parezcan un poco misteriosas. Tranquilo: seguro que puedes pensar un poco y adivinar muchas cosas.» Rápidamente abrí el libro para tratar de saber a qué se refería, pero en ese momento llegó mi turno.

Rebecca me sonrió y comenzó a dibujar lo que luego sería un conejo distraído con el vuelo de una mosca. Se detuvo un instante para quejarse suavemente de que estaba escuchando varias canciones al mismo tiempo, eso la desconcentró un poco. Son las incomodidades de ese centro comercial tan conocido. Me maravillé de que incluso en un evento más o menos comercial un artista necesita concentración.

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Cuando vi que estaba finalizando, de reojo pude darme cuenta de que la organizadora del evento estaba en otras cosas, así que aproveché para pedir a Rebecca que me firmara, y que sólo me firmara, un segundo libro. Me volvió a sonreír y lo firmó. También añadió un dibujo que no me esperaba, esta vez más sencillo y apresurado que el anterior pero que por tratarse de una excepción desde ese momento se convirtió en mi favorito.

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Tengo que reconocer que me fui más contento de lo que había llegado porque realmente los libros firmados y dibujados por Rebecca no eran para mi, sino una sorpresa para una persona que sí que los disfruta durante horas observándolos, tocándolos, oliéndolos, pensándolos y en ocasiones jugando a copiar las ilustraciones que en ellos aparecen. Se trata de una persona que verdaderamente admira a Rebecca, pero que por muy lejos que llegue su admiración por la dibujante jamás podrá alcanzar ni de cerca la admiración que yo siento por ella. Esa persona es mi hermana Loreto.

La mujer de Rohmer

Este verano no he tenido vacaciones, por vacaciones me refiero a no ir a trabajar durante un par de semanas o más y a ser posible visitando algún lugar no habitual. Pues de eso no ha habido nada este año ni habrá, ni siquiera algo parecido. Pero siempre se puede buscar una alternativa y viajar con la mente a algún paraíso que te montas en tu piso. Pues bien, un día especialmente tórrido entré en Filmin y me encontré con una selección de la filmografía del director y guionista francés Eric Rohmer, conocido por el que no ha visto ninguna de sus películas como el director que se citaba en un comentario de un celoso Gene Hackman en La noche se mueve: «I saw a Rohmer film once. It was like watching paint dry’, que aquí se tradujo castizamente de la siguiente manera: ‘Una vez vi una película de Rohmer. Era como ver crecer la hierba’. Así que con ese sambenito se quedó: el hombre que hacía que vieras crecer la hierba.

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Anteriormente no había visto ninguna de sus películas, así que con la carga del prejuicio anterior me aventuré a comenzar con ellas. Quise ir sobre seguro y para empezar escogí la que para mi era más conocida: ‘Mi noche con Maud’, película del año 1969 que Rohmer rodó después de ya tener en sus espaldas una buena colección de largometrajes y de haber sido jefe de redacción y crítico en la época dorada de Cahiers du Cinema. La película se rodó en blanco y negro y la historia transcurre en una aburrida ciudad de provincias durante unos fríos días navideños, justo en la época en la que ahora estamos. Hay un gris ingeniero y hay dos chicas, una de ellas representa una ideal ensoñación, la otra representa una tangible realidad, ambas son libres. Probablemente sólo con el comentario anterior se puede resumir casi al completo la extensa filmografía de este genio del cine: la mujer es LIBRE.

Posteriormente y casi sin descansos vinieron otras quince o veinte películas: los Cuentos de Primavera, Verano, Otoño e Invierno, Pauline en la playa, La mujer del aviador, Las noches de la luna llena, El rayo verde, El amor después del medio día, La coleccionista, La rodilla de Clara, etc., etc… En todas ellas hay una compleja y elegante sencillez de planteamiento, personajes que hablan y hablan, calidez lumínica (el gran cómplice de Rohmer fue otro genio: Néstor Almendros), influencia en las historias del espacio físico y de la meteorología, y una personal y explícita sensualidad donde los cuerpos se rozan y se tocan entre sí, o tan sólo se muestran y son observados con una naturalidad que evoca al hipotético jardín del Edén, antes de que existieran el pecado y la vergüenza.

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Hoy día disponemos de una oferta muy extensa de literatura, cine, pintura, fotografía, teatro o de cualquier otra forma de manifestación artística que pone su foco en la mujer, y en concreto en el relato feminista en cualquiera de sus formas. Después de haber «consumido» parte de esa oferta y de haber intentado entender entre tanto ruido de fondo lo que se propone, tengo que decir que nada de lo actual me ha causado el impacto del cine de Rohmer. Con el menos es más llevado a su máxima expresión, trasladando muy potentes mensajes mediante sugerencias, usando simplemente formas de mirar y de moverse, Rohmer propone un modelo objetivo de mujer que afronta su vida y los problemas que conlleva sin miedo, con determinación y casi siempre con humor. Mujer orgullosa de su cuerpo y de sus ideas, que usa su libertad como una forma de completarse y no como arma arrojadiza. En la mujer de Rohmer caben todas la mujeres del mundo, es la mujer que se tumba sobre la hierba, la ve crecer y sonríe.

Summertime

L’enfant terrible

La lista de mis libros pendientes puede dar varias vuelta al Ecuador y aún así hoy mismo he comprado uno más que pasará a la primera posición desde este momento: Ampliación del campo de batalla, la primera novela de Michel Houellebecq. Mi cola de libros suele seguir el método LIFO (Last In, First Out), por lo que algunos se eternizan en dicha cola y con mala suerte incluso pueden llegar a perder mi interés. Ha sucedido.

Comencemos por lo más superficial. Michel Houellebecq es un tipo físicamente desagradable que además tiene pinta de potenciar ese «feísmo» sobre sí mismo y disfrutar con ello, o cuanto menos le resbala. Esta es una primera lección que nos da: fue el feo de la clase y el objeto de todas la burlas, pero entonces y ahora sigue siendo el más listo. Se encuentra a años luz de esos escritores que sin disimulo alguno pero intentando disimularlo se prestan a lucirse como guaperas que no saben que lo son (Knausgard, Auster, o aquí nuestro admirado Ray Loriga). Sin embargo a Houellebbecq le va su imagen zarrapastrosa como un traje de tres piezas a Gay Talese: ropa arrugada de diferentes tallas con aspecto de no oler muy bien, mirada perdida cuando el tema no le interesa (el 90% del tiempo), pelo escaso, ralo y despeinado, y la boca. La boca de Houellebecq es Houellbecq. Una especie de Popeye en versión Robin Williams pero sin dientes , que en lugar de llevar pipa chupa más que fuma un perenne cigarrillo muy humeante. La forma de coger ese cigarrillo, entre los dedos corazón y anular, también es característica ya que con el gesto se tapa prácticamente toda la cara. Cualquier atisbo de elegancia es pura coincidencia. Pero el no ser elegante no quita que uno tenga una rabiosa y bien definida personalidad, y de eso va sobrado.

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Acabo de soltar El mapa y el territorio con tan buen sabor de boca que como he comentado antes no he podido resistirme a adquirir rápidamente «Ampliación del campo de batalla», una de mis pendientes. En la reseña dice: El narrador de Ampliación del campo de batalla es un ingeniero informático de 30 años, hastiado por su trabajo, que debe vender a sus posibles clientes las delicias de las nuevas tecnologías… Es un antihéroe que ha dejado de luchar, que espía apenas a sus congéneres, que se desliza hacia la depresión; lleva dos años de castidad, se refiere a «las mujeres que me abrían sus órganos» con tanta repugnancia como cuando habla de las egoístas psicoanalizadas…
 
Las partículas elementales, Plataforma, Sumisión, los protagonistas de estas novelas también son individuos de la anterior calaña, bastante parecidos al que en la reseña se intuye. Seres ente la depresión y la sociopatía, entre la fantasía y la perversión, entre la ironía y el sarcasmo. De las novelas por mi leídas quizás se podría mencionar una excepción: el pintor Jed Martin de El mapa y el territorio, un tipo que se escapa de esos personajes en los márgenes para demostrar mayor empatía, melancolía e incluso dulzura en sus comportamientos, demostrando así el autor que cuando quiere aprieta pero no ahoga y que siendo voz de la conciencia de una depauperada masculinidad occidental es capaz de analizarla desde diferentes perspectivas.

Mención aparte para la película El secuestro de Michel Houellebecq dirigida por Guillaume Nicloux en 2014 y protagonizada sorprendentemente por el mismo escritor. El planteamiento se las trae: durante la gira de promoción en 2011 de El mapa y el territorio, Michel Houellebecq desapareció durante unos días dejando en la estacada compromisos previamente adquiridos. Rumores de todo tipo surgieron al respecto y tratándose de quien se trataba incluso se habló de una abducción alienígena, imagino que porque entre selenitas con orejas de trompeta el autor no desentonaría lo más mínimo. El caso es que este falso documental, o falsa ficción, o tomadura de pelo surrealista, trata de ser una explicación a la desaparición: Michel Houellebecq fue secuestrado. La película cuenta lo que fue dicho secuestro y los días de cautiverio en una austera y pintoresca casa de campo. La relación entre el escritor y sus brutos pero bonachones captores, con los campestres padres de uno de ellos y con una prostituta de buen corazón que le presta sus servicios, son la base de una serie de situaciones hilarantes que de alguna manera no pretenden serlo. El nivel cómico es tan alto que el particular y magnético carisma de Houellebecq resulta en ocasiones suficiente, y tan solo apareciendo en pantalla tumbado en una cama, fumando y bebiendo consigue hacer brotar la sonrisa del público. Simplemente hay que entrar un poco en su juego, el sano juego de reírse de uno mismo.

Al escribir estas pocas líneas sobre Houellebecq me estoy dando cuenta de que no le estoy leyendo, ¡vaya pérdida de tiempo!. Pero sé que volveré a dar vueltas sobre él, del mismo modo que sus personajes vuelven y vuelven a destrozar sus vidas una y otra vez.

 
«Toda sociedad tiene sus puntos débiles, sus llagas. Meted el dedo en la llaga y apretad bien fuerte.» Michel Houellebecq.

Cine total

La cámara se encuentra fija en un punto determinado. Algo sucede y la cámara comienza a seguir la acción lentamente, bien girando circularmente, bien en travelling, a veces ambos. La escena termina y en la siguiente vuelve a darse este planteamiento. Y en la siguiente, y en la siguiente.

La película avanza, los personajes se mueven en alguna dirección y la vida fluye de forma dinámica. La generosidad de Cleo nos concede que su punto de vista sea también el nuestro, nos montamos sobre la cámara y comenzamos a espiar a una distancia prudencial la aventura del día a día. La mujer siempre estará sola asumiendo las desventuras, el trabajo y las responsabilidades; el hombre siempre estará solo evitando las desventuras, el trabajo y las responsabilidades.

El blanco y negro no existe, lo que hay es una infinita escala de grises, pero resulta más sencillo llamarlo “blanco y negro”  de acuerdo con el principio de economía del lenguaje. El blanco y negro proporciona definición, apuntes nostálgicos y, por qué no decirlo, prestigio. Atrae a unos y ahuyenta a otros. Cuarón ha querido hacer su película italiana, neorrealista, pero ¿qué es el neorrealismo?

Cuarón también ha querido hacerse un homenaje, o plagiarse, qué más da. Dos astronautas flotan en el espacio sin nada a lo que agarrarse, se acercan muy lentamente hasta establecer contacto. Ahora están perdidos pero están juntos. ¿Os suena? Dentro de un coche se desplazan varios personajes y la cámara está en el centro, como encima del freno de mano. La cámara gira dentro del receptáculo, los movimientos que realiza parecen imposibles porque no ha espacio suficiente. ¿Os suena?

En la (inexistente) carrera por la posesión del trono mundial del cine hay tres atletas aztecas en las primeras posiciones. Del Toro y sus monstruos deprimidos, Iñárritu y sus artificios existenciales, Cuarón y su cine. Cine total.

«Roma» es una película maravillosa.

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