Un islote

Un grupo de amigos de clase alta toman un barco para hacer una excursión hacia un archipiélago de islotes cercanos a la costa de Sicilia. Durante los preparativos y la travesía se comienzan a desmadejar lentamente las diferentes capas de las relaciones entre los personajes, una calma chicha como balsa de aceite que preludia un silencioso estallido.

Uno de los personajes desaparece casi por arte de magia: estaba aquí ahora mismo y resulta que ya no está. Los compañeros de excursión se despliegan sobre el gran pedrusco. Sólo con la compañía de la relajante y también machacona brisa marina, de unas nubes que parece que aplastan poco a poco y rodeados de agua, el islote se torna de paraíso a cárcel: siempre tiene fin en un acantilado o una playa rocosa.

Los personajes dispersos en el mínimo y a la vez gigantesco islote como peones en un tablero de ajedrez y guiados por un espíritu manipulador que los sitúa en la soledad de un primer plano.

En encuentros más o menos fortuitos.

En planos generales salpicados aquí y allí por pequeñas y frágiles figuras.

Si el objetivo inicial es encontrar a otra persona el día se va tornando en una búsqueda interior que irremediablemente los enfrenta a sí mismos.

El paisaje pedregoso, yermo, volcánico y peligroso va calando en las almas de una serie de seres superficiales solo acostumbrados a enfrentarse a dilemas superficiales. Un día en la isla los rompe como rompen las olas: la belleza destructora.

La película no acaba aquí y la búsqueda continúa en la isla principal. El espíritu manipulador sigue haciendo de las suyas para fijar lo ya predefinido en el islote. Los personajes se reagrupan y se dispersan para desembocar torrencialmente en un hermoso y devastador
final de redención, desde donde, a lo lejos, quizás se vuelve a vislumbrar el islote.

Ya tenía Michelangelo Antonioni (1912-2007) un buen bagaje de películas cuando rodó en Sicilia La aventura (1960). La combinación de experiencia, madurez y talento explotó durante este periodo creativo al que se etiquetó con el nombre de trilogía de la incomunicación, que se completa con La noche (1961) y El eclipse (1962). Como sucede con cualquier etiqueta, el nombre de la trilogía no llega a describir el alcance y la complejidad de los temas que se tratan en estas tres obras maestras plenas de paisajes físicos y espirituales, enormes y desolados.

«Cuánto tiempo he perdido ahí afuera,
cuanto por descubrir en mi cabeza.
Es tan vasto
que da casi pereza.
Casi pienso que no tengo fuerzas
para hacerlo
y encontrar dentro de mí
algo nuevo. »

J. Ramón Rodríguez Cervilla.

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