L’enfant terrible

La lista de mis libros pendientes puede dar varias vuelta al Ecuador y aún así hoy mismo he comprado uno más que pasará a la primera posición desde este momento: Ampliación del campo de batalla, la primera novela de Michel Houellebecq. Mi cola de libros suele seguir el método LIFO (Last In, First Out), por lo que algunos se eternizan en dicha cola y con mala suerte incluso pueden llegar a perder mi interés. Ha sucedido.

Comencemos por lo más superficial. Michel Houellebecq es un tipo físicamente desagradable que además tiene pinta de potenciar ese «feísmo» sobre sí mismo y disfrutar con ello, o cuanto menos le resbala. Esta es una primera lección que nos da: fue el feo de la clase y el objeto de todas la burlas, pero entonces y ahora sigue siendo el más listo. Se encuentra a años luz de esos escritores que sin disimulo alguno pero intentando disimularlo se prestan a lucirse como guaperas que no saben que lo son (Knausgard, Auster, o aquí nuestro admirado Ray Loriga). Sin embargo a Houellebbecq le va su imagen zarrapastrosa como un traje de tres piezas a Gay Talese: ropa arrugada de diferentes tallas con aspecto de no oler muy bien, mirada perdida cuando el tema no le interesa (el 90% del tiempo), pelo escaso, ralo y despeinado, y la boca. La boca de Houellebecq es Houellbecq. Una especie de Popeye en versión Robin Williams pero sin dientes , que en lugar de llevar pipa chupa más que fuma un perenne cigarrillo muy humeante. La forma de coger ese cigarrillo, entre los dedos corazón y anular, también es característica ya que con el gesto se tapa prácticamente toda la cara. Cualquier atisbo de elegancia es pura coincidencia. Pero el no ser elegante no quita que uno tenga una rabiosa y bien definida personalidad, y de eso va sobrado.

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Acabo de soltar El mapa y el territorio con tan buen sabor de boca que como he comentado antes no he podido resistirme a adquirir rápidamente «Ampliación del campo de batalla», una de mis pendientes. En la reseña dice: El narrador de Ampliación del campo de batalla es un ingeniero informático de 30 años, hastiado por su trabajo, que debe vender a sus posibles clientes las delicias de las nuevas tecnologías… Es un antihéroe que ha dejado de luchar, que espía apenas a sus congéneres, que se desliza hacia la depresión; lleva dos años de castidad, se refiere a «las mujeres que me abrían sus órganos» con tanta repugnancia como cuando habla de las egoístas psicoanalizadas…
 
Las partículas elementales, Plataforma, Sumisión, los protagonistas de estas novelas también son individuos de la anterior calaña, bastante parecidos al que en la reseña se intuye. Seres ente la depresión y la sociopatía, entre la fantasía y la perversión, entre la ironía y el sarcasmo. De las novelas por mi leídas quizás se podría mencionar una excepción: el pintor Jed Martin de El mapa y el territorio, un tipo que se escapa de esos personajes en los márgenes para demostrar mayor empatía, melancolía e incluso dulzura en sus comportamientos, demostrando así el autor que cuando quiere aprieta pero no ahoga y que siendo voz de la conciencia de una depauperada masculinidad occidental es capaz de analizarla desde diferentes perspectivas.

Mención aparte para la película El secuestro de Michel Houellebecq dirigida por Guillaume Nicloux en 2014 y protagonizada sorprendentemente por el mismo escritor. El planteamiento se las trae: durante la gira de promoción en 2011 de El mapa y el territorio, Michel Houellebecq desapareció durante unos días dejando en la estacada compromisos previamente adquiridos. Rumores de todo tipo surgieron al respecto y tratándose de quien se trataba incluso se habló de una abducción alienígena, imagino que porque entre selenitas con orejas de trompeta el autor no desentonaría lo más mínimo. El caso es que este falso documental, o falsa ficción, o tomadura de pelo surrealista, trata de ser una explicación a la desaparición: Michel Houellebecq fue secuestrado. La película cuenta lo que fue dicho secuestro y los días de cautiverio en una austera y pintoresca casa de campo. La relación entre el escritor y sus brutos pero bonachones captores, con los campestres padres de uno de ellos y con una prostituta de buen corazón que le presta sus servicios, son la base de una serie de situaciones hilarantes que de alguna manera no pretenden serlo. El nivel cómico es tan alto que el particular y magnético carisma de Houellebecq resulta en ocasiones suficiente, y tan solo apareciendo en pantalla tumbado en una cama, fumando y bebiendo consigue hacer brotar la sonrisa del público. Simplemente hay que entrar un poco en su juego, el sano juego de reírse de uno mismo.

Al escribir estas pocas líneas sobre Houellebecq me estoy dando cuenta de que no le estoy leyendo, ¡vaya pérdida de tiempo!. Pero sé que volveré a dar vueltas sobre él, del mismo modo que sus personajes vuelven y vuelven a destrozar sus vidas una y otra vez.

 
«Toda sociedad tiene sus puntos débiles, sus llagas. Meted el dedo en la llaga y apretad bien fuerte.» Michel Houellebecq.

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