Cuatro compañeros

Hace no mucho pasé una temporada en el hospital, sólo por gusto. Se podrían contar muchas cosas de esa experiencia pero yo me quedo con algunas historias relacionadas con los cuatro compañeros de habitación que tuve el placer y honor de conocer.

Con el primero de ellos coincidí menos de 24 horas. A las 7 y pico de la mañana me subieron desde urgencias a planta (la historias de urgencias merecen capítulo aparte, son para mayores) y en la habitación me encontré con un individuo de unos sesenta y algo, estaba de mal humor sentado en un sillón con la TV encendida a un altísimo volumen para tratarse de un hospital. El día anterior se había divulgado aquélla noticia sobre un tirador fanfarrón que por impresionar a una dama prometió asesinar a Pedro Sánchez, el presidente. Mientras en la TV repetían la noticia con la importancia de un magnicidio frustrado el caballero me dijo: «le han puesto una bomba a Felipe González». Este señor estaba allí por una biopsia de hígado, nunca me dijo su nombre ni yo a él el mío.

El siguiente era un joven de 95 años ingresado por un catarro, catarro que según su hija podía complicarse hasta niveles de gravedad muy altos. A mi me pareció que el hombre estaba bastante bien teniendo en cuenta su edad, no vi que corriera peligro por suerte para la hija y sobre todo para él. No hablaba mucho, pero cada mañana se despertaba y me decía la misma frase: «no te cases». Su mujer vive y tiene 93 años, al parecer se siguen peleando bastante a menudo. Este señor fue segador casi toda su vida y excepcionalmente trabajó como albañil entre otras obras en la construcción del hospital donde estábamos ingresados. Morbosa casualidad. El señor que había sido segador no se saltaba una comida, y comía más que yo.

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Sobre el tercer compañero no hay historia que contar porque la situación era muy distinta. Se comía los bombones que me traían y miraba la TV que tenía puesta todo el día, sin volumen. Casi no podía hablar pero su mirada reflejaba el estupor del que sabe que algo malo está sucediendo. Estaba muy enfermo, ojalá le vaya bien.

Por último, el último de los compañeros. Trabajó toda la vida de manitas multiusos incluso en los EEUU, en un pueblo de Iowa que imagino como salido de una película de los hermanos Coen. Un día le fallaron las piernas, al día siguiente otra vez y al otro ya no se pudo levantar más. Sufría cuando le aseaban y se dormía incluso con sus médicos delante, describía su estado de sopor diciendo que se sentía «como borracho». Creo que nunca fue consciente de que podía mejorar su problema hasta llegar a la normalidad, al parecer el propio problema le afectó a la capacidad de darse cuenta del problema. La llave estaba metida en la propia caja que debía abrir.

Después del cuarto compañero decidí abandonar el hospital por mi propio pie y con unos cuantos pinchazos de más. Se trata de un mundo estructurado casi rozando lo militar donde las personas van y vienen cada día, donde una cama vacía tarda en volver a ocuparse de nuevo unas pocas horas dando oportunidad a que la ruleta rusa de la vida vuelva a hacer girar el tambor del revólver.

“Las palabras más hermosas del mundo no son ‘te quiero’, sino ‘es benigno'» Woody Allen.